¿Cuánto tiempo de tu vida dedicas a comunicarte sobando un pedazo de espejo?

Es difícil imaginar como la Ciudad de México fundada en medio de cinco grandes lagos, fue con el paso del tiempo secando los cauces de sus aguas y ganando espacio para la creciente ciudad de asfalto. Como ejemplo, tenemos el Lago de Texcoco al cual llegaban peces, moluscos y aves migratorias, como patos y chichicuilotes, fuente de alimento de los lugareños antiguamente dedicados a la pesca y la cacería. Ahora seco el Lago de Texcoco, sus descendientes trabajan en el aeropuerto recibiendo aviones cargados con baratijas y personas de paso.

Vivimos en una época donde los recursos comunes son comercializados, esterilizados, enfrascados y disfrazados con formas que privan e inducen los sentidos humanos, adoctrinados por la máquina y sus estandartes del progreso, atrofiados por la sobredosis de información y dependencia a “interfaces mediadoras”. Latas, envoltorios y botellas probados en ambientes extremos para mantener vivas a las tropas militares, se vuelven parte de la cultura del consumo que cada vez se aleja más del origen de aquello que da la vida.

Si el agua es parte vital en la Tierra y los cuerpos humanos somos gran parte agua, ¿cómo es que nos relacionamos con el origen de nuestra materia en otros estados físicos? ¿Cómo consumimos el agua en el cotidiano mediado por los sistemas que históricamente nos han educado? ¿Cómo nos identificamos con los objetos que consumimos y que moldean nuestros cuerpos?

Deseca el Lago de Texcoco

 Invasión es parte del proyecto transmedia ATL